jueves, 10 de enero de 2008

La quema de libros en la historia

“Allí donde se comienza quemando libros, se termina quemando hombres.”
—Heinrich Heine.


Una acción bárbara, metódica y perversa, típica de pueblos invasores y dictatoriales. Se repitió como una peste, de manera discontinua, a lo largo de toda la historia de la humanidad. El último de estos episodios ocurrió en abril de 2003, con la invasión de Estados Unidos a Irak.

Por Noelia Poloni


La quema de libros es la práctica de destruir oficialmente una o más copias de un libro u otro material escrito. En nuestra era, otras formas de almacenamiento de información –como grabaciones, CDs, videocasetes y páginas web– se han incluido dentro de esta acción.
La ejecución es generalmente pública y está motivada por objeciones morales, políticas o religiosas al material publicado.
El término genérico que se utiliza para denominar a quienes queman libros es el de “biblioclastas”; los hubo a lo largo de toda nuestra la historia, en toda tiranía y dictadura que existiera.
Los bibloclastas eliminan la evidencia de una historia, un pasado o un pensamiento, y esto equivale a la supresión, casi en efecto, de una población. Veamos los incidentes más notables.

El Evangelio según Judas y los textos heréticos

En el año 367, Atanasio, el obispo rebelde de Alejandría, emitió una carta de pascua mediante la cual exigía a los monjes egipcios que destruyeran todos aquellos escritos inaceptables, excepto los que él mismo etiquetó como “admisibles y canónicos”. Esa lista es lo que constituye el Nuevo Testamento. Los textos heréticos no aparecieron como palimpsestos, borrados o sobrescritos como los paganos; de esta manera, muchos escritos de principios de la era cristiana se perdieron como si hubieran sido públicamente quemados. El Evangelio de Judas, redescubierto hace poco en Egipto, fue un libro que se extravió mediante esta práctica de destrucción privada de la información.

La destrucción de la Biblioteca de Alejandría

La Biblioteca Real de Alejandría fue en su época la más grande del mundo. Se intuye que ha sido creada a comienzos del siglo III a.C. por Ptolomeo I Sóter y que llegó a albergar hasta 700.000 volúmenes.
El fin de esta biblioteca es uno de los mayores enigmas de nuestra civilización. Se carece de testimonios precisos sobre sus aspectos más esenciales; no se han encontrado las ruinas del Museo, y las del Serapeo son de sumamente pobres.
En Oriente y en Occidente, entre los cristianos y los musulmanes, se han cruzado durante siglos mutuas acusaciones acerca de la destrucción de este gran núcleo cultural. El carácter polémico, evasivo y tedioso del tema ha propiciado decenas de hipótesis.
Lo cierto es que la Biblioteca de Alejandría se llegó a depositar el siguiente número de libros:

-200.000 volúmenes en la época de Ptolomeo I;
-400.000 en la época de Ptolomeo II;
-700.000 en el año 48 a.C., con Julio César;
-900.000 cuando Marco Antonio ofreció 200.000 volúmenes a Cleopatra, traídos de la Biblioteca de Pérgamo.

Cada uno de estos ejemplares constituía un manuscrito con diversa cantidad de temas. Una nueva Biblioteca de Alejandría, promovida por la Unesco, fue inaugurada en 2003.

El Bibliocausto nazi

Se trata de uno de los incidentes más notables de la historia. Comenzó con el nombramiento como canciller de Alemania de Adolf Hitler en enero de 1933, quien casi de inmediato sancionó la “Ley para la Protección del Pueblo Alemán” a través de la cual restringía la libertad de prensa y definía los lineamientos básicos para la confiscación de cualquier material que fuera considerado “peligroso”. Bajo estas consignas, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas y sus bibliotecas destruidas, como así también el Reichstag (parlamento alemán), que fue incendiado junto a todos sus archivos. Días después de este episodio, el partido envió a las organizaciones estudiantiles nazis un memorando que proponía la destrucción de todos aquellos libros peligrosos que estuvieran en las bibliotecas del país.
Así fue como la noche del 10 de mayo de 1933, estudiantes de la Universidad Friedrich-Wilhelm, de Berlín, llegaron a la Plaza Bebelplatz en camiones donde transportaban miles de libros obtenidos de la purga realizada en las bibliotecas públicas y de la misma universidad; se trataba en su mayoría de obras escritas por autores judíos o considerados de ideología subversiva, como Karl Marx, Sigmund Freud, Erich Maria Remarque, H. G. Wells, Bertolt Brecht y Stefan Zweig, incluidos en las listas negras nazis por ser “contrarios al espíritu alemán”. Una vez en la plaza, se levantaron hogueras donde se arrojó los libros, mientras una muchedumbre entusiasta vitoreaba a los manifestantes.
Este hecho se repitió en distintas ciudades alemanas. Se calcula que esa noche, alrededor de 20.000 volúmenes fueron arrojados a las inmensas llamas del nazismo.
Sigmund Freud, al enterarse de que sus libros habían sido quemados, dijo: “¡Cuánto ha avanzado el mundo: en la Edad Media me habrían quemado a mí!”.

Dictadura militar en Argentina

El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de obras de Marcel Proust, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Eduardo Galeano y Antoine de Saint-Exupèry, entre otros autores, “a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos y revistas, se toma esta resolución para que se evite continuar engañando a nuestra juventud sobre el verdadero bien que representan nuestros símbolos nacionales, nuestra familia, nuestra Iglesia y, en fin, nuestro más tradicional acervo espiritual, sintetizado por Dios, Patria y Hogar”, según explicaba en un comunicado oficial.

Atentado cultural en Irak

Este fue uno de los últimos incidentes y tal vez el más doloroso, ya que al ocurrir en pleno siglo XXI, nos demuestra que el ser humano puede retroceder hasta las más terribles épocas de barbarie. Según la Convención de La Haya de 1954, la nación que ocupa un territorio debe proteger los bienes culturales de este como un principio legal ineludible; sin embargo la primera potencial mundial ignoró esta premisa.
La Biblioteca Nacional de Irak consistía en un edificio de tres pisos, construido en 1977, situado en la capital, Bagdad; considerado una verdadera joya arquitectónica por su belleza, amplitud y servicios, albergaba miles de manuscritos. Todos sucumbieron ante las llamas, luego de la invasión norteamericana, en 2003.
Entre las pérdidas más significativas, podemos mencionar: El Canon de Medicina de Avicena (980-1037), que fuera durante siglos manual de las facultades de medicina, no solamente en los países islámicos sino también en la mayoría de los occidentales; Tratado sobre los números de Abu Said al-Magribi (1819); Tratado sobre pesos y medidas de Kadim b. Qasim al-Hasani (1851); Nahj al-Balaga (El Camino de la retórica, 1160) de Ali b. Abi Talib, primo y yerno del Profeta.
Asimismo, se ha perdido toda la sección documental sobre el Imperio Otomano custodiada en la biblioteca, incluidas miles de cartas y misivas, la colección formada por alrededor de medio millón de documentos relacionados con la Familia Hachimita a la que pertenecía la Familia Real iraquí, así como todos sus libros privados que se conservaban allí.
Además de los miles de volúmenes contemporáneos desaparecidos, hay que destacar la desaparición de los siguientes documentos conservados también en la biblioteca: el archivo moderno de Irak, incluidos los documentos originales de la Primera Guerra del Golfo (Irán-Irak, 1980-1988), el archivo de la prensa iraquí y árabe desde finales del siglo XIX y comienzos del XX, y el archivo de Microfichas de la prensa árabe y su historia, muchas de las cuales no cuentan con ninguna copia.
El Centro de Documentación y Manuscritos, cercano a la biblioteca, fue también víctima de saqueos y de destrucción.
El Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Donald Rumsfeld, a manera de excusa ante estos hechos, comentó que “la gente libre es capaz de cometer fechorías, y eso no puede impedirse”.


Fuentes:
“Sobre la destrucción de la BN iraquí y otros legados”, Javier Gimeno Perelló, 2003.
“La censura y quema de libros durante la dictadura militar”, Redaccion [http://www.anred.org/article.php3?id_article=1358].
“Libros en Llamas: Historia de la interminable destrucción de bibliotecas”, Lucien X. Polastron, 2007.
Diario La Opinión, 30 de abril de 1976. [Consultado en: www.elortiba.org]